Dulzura, Metha y maitri.

“Desde entonces las montañas y los mares lo saben:
hay que cuidar y cuidarse, sostener y sostenerse.”

La dulzura y la vida compartida

No es la dulzura lo blando.
Es lo que permanece abierto
cuando todo invita a cerrarse.

La dulzura es una forma de fuerza:
la que no invade,
la que no impone,
la que sabe quedarse.

Y en esa suavidad,y l la atención emerge.

La atención es algo que debemos cultivar, proteger y compartir.

En este mundo lleno de estímulos, ofertas, pantallas, ruido y distracción, vale oro. Atender se ha convertido en una capacidad profundamente preciosa. Casi subversiva.

Porque la calidad de nuestra atención determina, en gran medida, la manera en la que estamos en el mundo. Solo si soy capaz de atender lo que me pasa, puedo entrar en contacto con mi realidad interna, incluso con su parte más feroz, más incómoda, más vulnerable. Solo desde ahí puedo aprender a sostenerme. Y solo si aprendo a sostenerme, puedo empezar a sostener también la realidad del otro.

Pero atender no es solo mirar.
Atender es cuidar.

Durante y después de la pandemia me oísteis repetir muchas veces que ser amable era un acto revolucionario. Hoy siento que cuidar y cuidarse lo es todavía más.

Cuidar es discernir. Preguntarnos, al menos en algunas de nuestras decisiones cotidianas, qué implican nuestros actos para una misma, para el otro y para el mundo.

Una gran superficie o un pequeño comercio.
Una gran distribuidora o comida local.
Un gimnasio impersonal o las actividades de tu barrio.
Amazon o la librería de la esquina.
Y así, todo el rato.

No desde la culpa.
Sino desde la conciencia.

Si llevo esto al terreno de la práctica, recuerdo lo profundamente liberador que fue empezar a priorizarme a la hora de establecer mis horarios de práctica. Comprender que, para poder seguir cuidando, primero tenía que cuidarme yo. Que para poder seguir sosteniendo, tenía que aprender primero a sostenerme.

Y entonces ir hacia el otro, hacia mi familia, hacia mis alumnos, hacia el mundo, con una mente un poco más ligera y un corazón un poco más disponible.

En la tradición budista existe una práctica bellísima llamada Mettā Bhāvanā: el cultivo consciente de la benevolencia, del amor amable, del cuidado hacia una misma y hacia todos los seres.

Mettā es esa cualidad de amistad profunda con la vida.
Y en la tradición del yoga encontramos una palabra hermana: maitrī, la amistad, la benevolencia, la disposición del corazón que no compite, no separa, no endurece.

Patañjali la menciona como una actitud esencial para pacificar la mente: cultivar maitrī hacia quienes son felices. Es decir, entrenar el corazón para no cerrarse ante la alegría del otro, sino participar de ella.

Porque cuidar no es solo ocuparse de lo frágil.
Cuidar también es aprender a no destruir lo bello.

Y hoy, cuando hablo en las clases de la importancia del grupo, de la comunidad, de cómo cada pieza es única e importante en el puzle de la práctica, a veces veo vuestras caras asombradas.

Pero es así.

Cada una de las personas que venís a este espacio estáis sosteniendo mucho más que vuestra propia práctica. Estáis sosteniendo también el proceso de quien practica a vuestro lado. Estáis sosteniendo la energía del grupo. Y, de alguna manera, también nos sostenéis a nosotros como escuela.

Ojalá despertemos de una vez a esta verdad sencilla y enorme:

todo es interdependiente.

No practicamos solo para nosotras mismas.
No respiramos solo para nosotras mismas.
No nos cuidamos solo para nosotras mismas.

Hay una urgencia colectiva de volver a apostar por el grupo, por la comunidad, por el tejido vivo que nos recuerda que no estamos solas.

Frente a la individualidad cárnica que nos consume y nos aísla, la práctica nos propone otro camino:

atender, cuidar, sostener, compartir.

Maitrī.
Mettā.
Bhāvanā.

El cultivo paciente de un corazón disponible.

“Y háblate bien,
que hay que salir a renacer.”