Sobre la vocación, el silencio y la duda
Del yoga guiado al yoga vivido
Una pedagogía de la autonomía
El fin de semana de Semana Santa me retiré a un convento de Carmelitas Descalzas, en Doneztebe.
La intención era sencilla:
entrar en el silencio y pedir refugio allí donde sé que hay trabajo espiritual.
No me importaba la forma.
Me importaba el contenido.
El lugar me acogió con una amabilidad que no esperaba.
Una monja francesa se entusiasmó cuando le dije que venía de Hendaya y cambió inmediatamente al francés para poder practicar “su idioma”.
Otra me preguntó varias veces si quería leer en la eucaristía de la mañana, y mi mente viajó rápidamente a mi infancia, cuando cada domingo leía en la iglesia de mi ciudad.
Pequeños gestos, profundamente humanos,
con la amabilidad como base.
Al entrar, había un botijo con una frase:
“He descubierto mi vocación, mi vocación es el amor.”
Me quedé ahí.
Sonreí.
Y por un momento sentí que casi podía darme la vuelta y volver a casa.
Por la tarde de ese mismo día, y a la mañana siguiente, me uní a sus celebraciones.
Quise volver a escuchar, con los oídos de ahora,
eso que durante tantos años fue conocido.
Y, sin embargo, se volvió a confirmar algo que ya había sentido:
no conecto con la forma en la que se me presenta esta religión.
Las escrituras hablaban de castigo, de culpa, del humano como pecador.
Y algo en mí… no puede quedarse ahí.
Pero también es verdad otra cosa:
cuando uno lleva un tiempo caminando en la búsqueda de conciencia,
llega un momento en el que la forma empieza a perder importancia.
Porque ya sabes reconocer ciertos lugares.
Sabes dónde hay trabajo.
Sabes dónde hay silencio.
Sabes dónde hay verdad… aunque no adopte tu lenguaje.
Y entonces entiendes que lo sagrado no pertenece a una forma.
Que puede aparecer en un templo,
en una iglesia,
en un bosque,
o en la mirada sincera de otro ser humano.
Porque lo que reconoces no es la estructura.
Es la presencia.
Y, sin embargo, entré y salí de allí con una pregunta que no me suelta:
¿cómo seguir siendo profesora de yoga en un mundo que parece derrumbarse?
¿Sirve esto que hago?
¿Tiene sentido?
¿Dónde está la vocación en todo esto?
Porque hay algo que también veo con claridad:
hablamos de práctica,
hablamos de conciencia,
hablamos de presencia…
pero nos cuesta profundamente comprometernos con nuestro propio corazón
y seguir confiando en el corazón del otro.
Y entonces aparece otra tensión, muy concreta en mi trabajo:
defender la autopráctica en un mundo que quiere ser guiado.
Vivimos en la cultura del “dame”.
Dame respuestas.
Dame claridad.
Dame el siguiente paso.
Y las clases guiadas responden a eso.
Son necesarias.
Son valiosas.
Son el lugar donde aprendemos el lenguaje.
Pero hay un punto en el que eso ya no es suficiente.
Porque saber hacer…
no es lo mismo que saber estar.
La vida no está guiada.
Nadie te dice cómo respirar cuando estás desbordada.
Nadie te corrige cuando aparece el miedo.
Nadie te marca el ritmo cuando algo se rompe.
Y entonces la pregunta se vuelve muy concreta:
¿qué haces contigo cuando nadie te guía?
Ahí empieza la autopráctica.
Y por eso es tan incómoda:
porque no puedes seguir engañándote.
No hay validación.
No hay respuesta inmediata.
Solo estás tú…
y lo que realmente está vivo dentro:
la duda,
la resistencia,
el vacío,
el autoengaño,
la autocomplacencia.
Y, sin embargo, ahí empieza lo real.
Cuando la práctica deja de ser algo que recibes
y empieza a ser algo que generas.
Y entonces vuelvo a la pregunta inicial:
¿qué podemos hacer nosotros, como profesores, en medio de todo esto?
No podemos detener el mundo.
No podemos evitar el dolor.
No podemos prometer calma constante.
Pero sí podemos hacer algo más honesto:
crear espacios donde las personas aprendan a sostenerse.
Y eso implica, a veces:
no dar todas las respuestas,
no llenar todos los silencios,
no guiarlo todo.
Porque quizá el yoga que necesitamos ahora
no es el que calma rápidamente…
sino el que nos vuelve capaces de estar
cuando la calma no llega.
Y quizá el yoga más profundo
es aquel en el que aprendemos a sostenernos
mientras seguimos sosteniendo a otros.
Y entonces aparece algo que no depende de ninguna forma,
de ninguna tradición,
de ninguna técnica:
un impulso.
Me pregunto cuál es el impulso que hace que la naturaleza florezca en primavera.
No hay nadie guiando a los árboles.
No hay una voz diciéndoles cuándo abrirse.
Y, sin embargo… ocurre.
No es una técnica.
No es una decisión.
Es una respuesta a la vida.
Y entonces la pregunta vuelve hacia nosotros:
¿qué es eso en lo humano que también sabe abrirse?
Quizá la autopráctica es precisamente eso:
el lugar donde dejamos de forzar,
pero también dejamos de depender.
El lugar donde no hacemos que algo ocurra…
pero tampoco lo evitamos.
Donde dejamos de interferir tanto
para que algo más profundo pueda revelarse.
Y quizá ahí, muy poco a poco,
algo empieza a florecer.
Y quizá eso también es la vocación.
No tener respuestas claras.
Sino seguir estando ahí,
en el lugar donde algo en ti sabe que hay verdad…
aunque no siempre sepas cómo nombrarla,
cómo enseñarla,
o cómo sostenerla.
Y quizá, en el fondo, todo vuelve a esa frase:
mi vocación es el amor.
Pero no como concepto.
Sino como práctica.
Del yoga guiado…
al yoga vivido.