Llega junio.
Y con él el final de otro ciclo en la escuela.
En unas semanas muchos viajaréis, otros descansaréis, algunos seguiréis practicando y otros os alejaréis durante un tiempo de la esterilla. Y está bien.
Porque después de meses compartiendo respiraciones, silencios, movimientos, preguntas y encuentros, me gustaría recordar algo:
La práctica no termina cuando termina la clase.
De hecho, la verdadera práctica comienza cuando la clase acaba.
Comienza en la manera en la que hablamos a quienes amamos. En la paciencia que somos capaces de ofrecer. En la forma en la que atravesamos una pérdida. En nuestra capacidad de seguir abiertos cuando el mundo parece invitarnos a cerrarnos.
Hace unos días, durante una conversación con alguien que fue profesora de Yoga muchos años, me preguntó cuál era el sentido de enseñar Yoga hoy, viendo cómo está el mundo.
Entendí la pregunta. Vivimos tiempos convulsos. Tiempos de ruido, de velocidad, de polarización y de pérdida de sentido.
Hace poco encontré un texto que decía:
«Salvemos a los locos. A los soñadores. A los sensibles. A los artistas. A los amantes. A los que siguen creyendo en las utopías.»
Y sentí que hablaba exactamente de esto.
De la parte de nosotros que aún puede conmoverse.
La que todavía se detiene ante una flor.
La que sigue llorando con una canción.
La que continúa amando después de las decepciones.
La que se atreve a permanecer sensible en tiempos difíciles.
Vivimos en una época que premia la velocidad, la productividad y la opinión inmediata.
Pero el corazón funciona con otros ritmos.
Necesita tiempo.
Necesita silencio.
Necesita encuentros.
Necesita ternura.
Y quizá una de las tareas más revolucionarias de nuestra práctica sea precisamente esa:
No endurecernos.
Seguir cultivando la capacidad de sentir.
Seguir cuidando de ese animal suave que habita en nuestro cuerpo.
Seguir confiando en que la atención, el cuidado y el amor tienen un valor inmenso aunque pocas veces aparezcan en los titulares.
Este año, además, hemos visto algo que me parece profundamente revelador.
Hemos visto personas entregarse a su práctica con una honestidad y una profundidad inmensas. Alumnos y alumnas curiosos que preguntan y se cuestionan. Que se comprometen y escuchan. Que han abierto su mente y sus corazones.
Y también hemos visto mucha dispersión.
Hemos visto las consecuencias de vivir rodeados de estímulos que compiten constantemente por nuestra atención. Por eso repito que hoy nuestra atención vale oro.
Porque allí donde ponemos nuestra atención terminamos poniendo nuestra vida.
Por eso la pregunta no es únicamente si seguirás practicando yoga durante el verano.
La pregunta es:
¿Qué estás construyendo?
¿Qué alimenta tu cuerpo?
¿Qué nutre tu respiración?
¿Qué cuida tu corazón?
¿Qué te ayuda a recordar quién eres?
Y no tiene que ser yoga.
Pero hazlo. Pregúntatelo.
Porque siento que es urgente.
Urgente salir un poco de la cabeza y volver al corazón.
Así que durante este verano me gustaría proponeros una práctica sencilla.
Mirad el mar.
Escuchad a los pájaros.
Leed poesía.
Abrazad mucho.
Dormid la siesta.
Bailad.
Respirad.
Perdeos un poco.
Y, sobre todo, no abandonéis aquello que os hace sentir vivos.
Porque cuando llegue septiembre volveremos a encontrarnos.
Y ojalá podamos regresar un poco más descansados, un poco más presentes y un poco más cerca de nosotros mismos.
Salvemos a los locos.
A los soñadores.
A los sensibles.
A los que todavía se atreven a amar.
Puede que sean ellos quienes sigan sosteniendo el mundo.
Gracias por acompañarnos un curso más. Ahora toca descansar: la escuela permanecerá cerrada durante el verano y nos volveremos a ver el lunes 7 de septiembre.
Con todo mi cariño,
Arminda.